La primera vez que fui al Mediterráneo.





Mi larga melena semirrizada a fuerza de tirones la oxigené aquella primavera, casi al tiempo de mi primera regla. Con muchos kilos de más (a mí me parecían cientos) propiciados por el cambio y por los bocatas de sardinas en aceite y una incipiente chepa causada por el desarrollo de mis pechos, mi aspecto no era precisamente el más adecuado para que los chicos de 15 ó 16 años se fijaran en mí.


Aquel año, sonaba en las sinfonolas, las “Palabras” de Bee Gees salvajemente traducidas; Simón y Garfunkel se habían convertido en héroes, gracias al oscarizado Graduado, Beatles seguía machacando, esta vez con “Sargento Peper’s” y en España, la “Lola” de los Brincos y el “Aleluya” de Aute, convivían con aquella otra que pedía precaución a los conductores como si de una campaña de Tráfico se tratara. Toda esta música competía con los ya legendarios Raphael y Adamo, y aunque este último fuera belga, las chicas habíamos conformado dos bandas: las raphaelistas y las adamistas.


Los telediarios hablaban de una guerra árabe-israelí, que a mí, me importaba poco menos que nada y sin embargo, era motivo de conversación en las reuniones familiares entre mi primo Julio y mi padre, y debía ser importante, porque se exaltaban tanto como cuando hablaban de unas presuntas elecciones a no se qué de las Cortes; y en algún lugar del mundo llamado San Francisco había nacido un movimiento de protesta, abanderado por unos sucios melenudos amantes de las flores.


Así estaban las cosas la primera vez que fui al Mediterráneo.


Y había sol, mucho sol iluminando una arena fina y blanca, que no tenía nada que ver con mi Fuenterrabía del alma. Era un mar tranquilo y azul, sin apenas olas, nada semejante a las aguas del cantábrico, siempre bravo, siempre furo, siempre dispuesto a sorprender. Al principio no me gustaba, no me divertía, “para nadar en llano” protestaba, “prefiero ir a la piscina”.

Y en los apartamentos de Cambrils, donde nos encontrábamos, había chicas de mi edad, que pronto nos haríamos amigas, ya que compartíamos las mismas ilusiones, los mismos gustos, o sea, éramos adamistas.

Al poco llegó él. Ellas me avisaron: “Va a venir nuestro primo Rafa de 15 años”, y yo ante tanta expectativa, me veía relegada junto a mis padres sufriendo la condena del aburrimiento. Sin embargo, mis amigas no me abandonaron.


Llegó cargado de discos de ultimísima ola, y por las tardes-noches nos pasábamos horas, escuchando a Beatles, Aute, Jeannette, y sobre todo Adamo.


Adamo era ya dueño de sus sueños; cada balada, cada verso, dominaba la cabeza de aquel chico que enseguida se convirtió en “mi chico” y cuando me sacó a bailar con sus 15 años y sus manos en mi cintura, un temblor desconocido se asentó en mi vida, para salir al paso de cada nuevo amor que me llamara.

Y adoré aquel mar tranquilo e inesperado, un mar sorprendentemente azul, un mar de ensueño, un mar de vida; de mi vida, que no pudo desprenderse de su aroma.


Aquel verano conocí el amor y a Dylan, y por primera vez reconocí otros sueños que nunca tuve, y llegó el final, un final con beso, un final que se llevo mi nombre en su pensamiento y un mechón de mi pelo oxigenado en su maleta.

Y todo pasó la primera vez que fui al Mediterráneo. .