DESDE EL DOLOR...

Alguien, que no quiero nombrar, no se si con acierto o no, ha dicho de mí “que odio a los hombres”. Supongo que su afirmación podrá explicarla con una exposición de motivos digna de un cronista de primera (algo que no llega ni de lejos). Quizá encuentre en mí , reminiscencias de un pasado y un presente, que le lleve a esa conclusión, o es sencillamente, mi forma de hablar sobre los maltratadores, violadores y pederastas.

Me moleta sobremanera ese machismo singular, acusando a la mujer como responsable directa de su destino. Y me molesta mucho más, cuando estas afirmaciones, las hacen otras mujeres , como es el caso.

No tengo una ciencia exacta para acusar a “todos los hombres” de semejantes tropelías y aberraciones, ni siquiera he vivido en carne propio el maltrato, afortunadamente, aunque a veces, hay muchos tipos de maltrato, que si bien, no son tan dañinos como la paliza y el insulto constante, degeneran en una falta de autoestima difícil de recuperarse. No negaré que este maltrata sibilino, se ejercita, sin distinción de sexos y la víctima, que apenas se da cuenta de su condición, es innumerable, por no formar parte de la estadística.

Pero no voy a hablar del maltrato, que de sobras se habla ya, ni siquiera de las infidelidades, de las que el varón es mucho más proclive que la mujer. Es más, estoy convencida, que todos los hombres, serían infieles si pudieran; no ocurre así con la mujer, de hecho la mayoría de las mujeres hemos tenido oportunidad y proposiciones, en más de una ocasión, de tener aventuras, y sin embargo, quizá porque pensamos más, quizá porque analizamos las cosas antes de hacerlas, la gran mayoría de las mujeres decidimos ser absolutamente fieles a nuestras parejas.

Antes de continuar, diré también desde mi experiencia, que hay hombres buenos y mujeres buenas…

Estoy profundamente desolada, ni siquiera indignada, porque decir indignación a las noticias, sería no saber lo que digo, y lamentablemente, tengo que reconocer en estas líneas y aunque sea por única vez, que sé de lo que hablo.

Pero ¿qué pasa con los hombres? Decía Rosa Montero en un artículo, creo que en algún semanal de un periódico del domingo, (no recuerdo si en el de El País) que cuando eramos jovencitas, adolescentes, en los años 60-70, quizá por la represión sexual de la época, muchos “hombres de bien” refrotaban sus partes en los traseros femeninos, en el tranvía o en el autobús. Y era tal la complicidad tácita entre ellos, y muchas mujeres mayores, a las que no se rozaría ni un enfermo mental, (esto último es de mi cosecha) que cuando protestabas, a veces, te echaban la culpa, bien por ir provocando, o por llevar demasiado corta la falda, etc. Y para colmo, teníamos que bajar antes de tiempo avergonzadas. Y esto que parece hoy día, un sinsentido, ocurría con más frecuencia de lo habitual.

No sólo eso, no era raro encontrarte en un camino de poca afluencia y en horas diurnas, al tipo que te abordaba enseñándote sus genitales, o al que te encontrabas en la escalera de tu casa o de casa de una tía, bajo una luz mortecina y recovecos sin fin, un tipejo con sus genitales colgando buscando caricias. Y de estas cosas, también puedo dar fe, desgraciadamente.

Eran tiempos en los que nunca pasaba nada. Nada de nada. Si un pederasta era pillado en acción, se le detenía, se martirizaba al menor o a la menor en cuestión , con cientos de preguntas, y no salía en ningún periódico. La única ventaja es que se le aplicaba la Ley de vagos y maleantes, o cualquiera de esas leyes represivas, y se le metía en la cárcel de por vida. (Eso si no tenían para pagar un buen abogado, o era gente sin ningún “nombre”) . Quizá hubo quienes nunca tuvieron una mala experiencia, que añoran un tiempo en que la seguridad era mayor. Si no hay testimonio escrito o gráfico, no existe, así de simple.

¿Quién no conoció a alguna chica del barrio que se acostaba con su padre? No, no puedo ser yo la única… ¡Imposible! . El colmo era, que en cuanto esas cosas salían a la luz, la culpa era de la chica, y la madre era una pobre víctima de la hija y del marido, cuando no se le acusaba de ser La Celestina.

¡Cuántas violaciones tapadas! ¡cuánta vergüenza tenía que sufrir la víctima, que más bien parecía verdugo ante la sociedad. ¡Cuántas palizas ocultadas por el “algo habrá hecho”!.

Y hoy, a 34 años de la muerte de aquel santo Varón de comunión y rezo diario, propulsor del nacionalcatolicismo y de una dictadura más corrupta que todos los alcaldes juntos de la era de la burbuja inmobiliaria, leo en los periódicos: “Detenido un abuelo por abusar de sus nietas”. “Detenido un profesor”. “ Denunciado un hombre por abusar de la hija de su mujer” … Sin contar con los monstruos de Austria o de Colombia, violando sin cesar a sus propias hijas, y haciéndoles hijos a manta, en dos historias, diferentes, de dos sociedades distintas. Me pregunto ¿cuántos más? ¿Por qué cruzamos los brazos? Algo tenían que haber intuido los más cercanos. Sin embargo, nada dijeron.

Y los niños desaparecidos… Búsquedas que se extinguen por cansancio.

¿Ciertamente hay tanto depravado, o es que el ser humano per sé, carecemos de escrúpulos? ¿Somos realmente cómplices de estas aberraciones? O en realidad, nuestra racionalidad no es tal…

¿Qué responsabilidad tenemos las mujeres en estas tétricas historias? Mientras haya mujeres que muestren su dedo acusador contra maltratadas, violadas, niñas con minifalda , divorciadas incluso, y contra las leyes aplicables en estos casos, estos dislates seguirán siendo casi inmunes.

Mientras una sola mujer sea capaz de acusarme duramente de “odiar a los hombres” por criticar el maltrato. Esta sociedad seguirá incapacitada para la convivencia en armonía.

Alguien dirá que hablo desde el odio. Rotundamente no.
HABLO DESDE EL DOLOR.